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Del libro: Psicología del Anhelo
4º capítulo: La relación con la eternidad.

Hemos hablado del deseo y hemos visto que rápidamente entramos en una especie de esclavitud, una adicción a la que es imposible sustraernos, si queremos satisfacer ese deseo o si esperamos su cumplimiento en el tiempo. Lo mismo se cuenta de la cautividad de los hebreos en Egipto, de lo eterno dentro de nosotros. La mayoría de los hebreos no quería salir y, de hecho, solo una quinta parte sale. La quintaesencia; cuatro partes se quedan. Se cuenta que vivían muy bien allí. Como un adicto que no se da cuenta de su adicción. Significa que no somos capaces de ver que algo va mal. Por ejemplo, nos entregamos a cierta manera de civilización pensando que no existe nada mejor y que de hecho habría que felicitarnos por haber llegado a tal progreso. Aunque nos mantenga en una profunda esclavitud.

Puede entenderse también como un efecto psicológico: tan pronto como veas una meta dentro de esos 400, dejas de comprender que eres un adicto y que eres digno de lástima. No importa lo bien que te lo explique, todo lo contrario, crees que estás mucho mejor que aquel que quiere explicarte tu adicción. Estás seguro de alcanzar la meta, en una especie de persecución, de caza. No tienes ninguna duda. Y no eres capaz de comprender a aquel otro que no tiene ninguna meta en este mundo. Aunque podrías saber que todo lo que alcanzas aquí, termina con la muerte. Sabes que termina y a pesar de todo, prefieres la esclavitud.

Ser esclavo conlleva que el camino hacia el árbol de la vida esté cortado. No es un castigo en el sentido: no voy a dejar que llegues. En la Biblia, en la palabra de Dios, está formulado así, pero aquí, en el mundo profano, significa otra cosa. Es necesario que veamos cuál es el significado de estas palabras en nuestra vida, y cómo vivimos y experimentamos aquello que sucede en la santidad. Tampoco aquí es posible que alguien pueda alcanzar el cielo con medios terrenales, haciendo o dejando de hacer algo aquí. El cielo así es inalcanzable; todo lo contrario, queriendo alcanzarlo, perdemos toda relación con él.

Por tanto, nunca debemos opinar si alguien hace bien o mal, porque la opinión y su explicación son equivocadas, puesto que provienen del lago lógico-causal. Es inútil decir: voy a explicártelo para que te des cuenta de que no vives correctamente. El otro puede asentir con la cabeza y escuchar, pero no es capaz de comprender, porque su hilo de unión está cortado. Es una vida que no va más allá de ese 400 y finalizará con aquello que puede manifestarse y percibirse aquí.

A veces se siente lástima de una persona que ha fallecido, que se ha ausentado de este mundo. ¡Podre! decimos, pero el pobre es aquel que permanece y que no sabe nada de la eternidad. Aquí termina todo, se sabe, es seguro. Pero se puede vivir aquí una relación con la eternidad mediante el tikun, la restauración, que es la unión del 400 con el 100. Solo puede vivirse, no explicarse. Y hemos visto ya que esa vivencia es una disposición interna: es la presencia de la voz de Dios ya en esta vida.

Cuando en la Biblia está escrito que Dios habla con Moisés, la opinión popular dice: ¡Piensa, nadie lo oye! Tampoco Moisés, aunque, de alguna forma, lo sabe. Es su disposición interna, su relación desde la tierra con la eternidad, su unión desde el tiempo con la eternidad. La señal de la alianza eterna es la unión del lado terrenal con la eternidad. Nunca puede provocarse mediante cierto acto intencionado. Estaríamos de nuevo ante una construcción, un negocio: sé lo que hay que hacer para recibir la bendición. A aquel que piensa así es imposible decirle que no está en el buen camino, porque no conoce el otro lado. En las relaciones de la sociedad existen pues ciertas áreas muy separadas, donde se vive muy visiblemente en mundos diferentes. Aunque se esté sentado en la misma mesa o se vuele en el mismo avión. Existe la polarización. Uno quiere alcanzar la meta en este mundo, creyendo que solo hay que ser bastante inteligente y tenaz como para llegar; el otro intenta decir algo absolutamente diferente, pero no puede explicarse. De ser explicable, podría captarse por el intelecto.

seguirá…