Yankel, en la universidad se llamaba “Jacques” – lo que formalmente era correcto – también tenía discusiones con sus colegas.  En la mayoría no eran judíos; eran socialistas, humanistas en general, sionistas, protestantes, católicos, también indios, africanos, persas o japoneses.  La universidad con diez mil estudiantes de todo el mundo ofrecía múltiple ocasión para demostrar que uno tenía razón, y que el otro estaba equivocado.  Era un trabajo bonito.  Yankel iba creyendo cada vez más que sus opiniones sobre la vida eran correctas, estaba convencido de que el judaísmo tenía razón en toda la línea, sentía compasión por todos aquellos que no lo conocían.  Bueno, así es el mundo.  Pero a pesar de ello, le molestaba en lo más profundo. Que académicos, personas en la flor de la vida, personas inteligentes, no eran capaces de ver la superioridad del judaísmo, no le parecía bien.  Y que Benjamín, con padres como solo él los tenía, su padre conocedor del Talmud, con respuesta para todas las preguntas de la halaká, (el camino), y el abuelo un jasíd sabio buscado por mucha gente – que este mismo Benjamín estaba sin interés frente del judaísmo, no era capaz de digerir.

A petición de Yankel, un rabino muy popular, naturalmente estrictamente ortodoxo, había dado una conferencia para estudiantes judíos y había presentado su punto de visto claro, inequívoco.  Los estudiantes habían formulado preguntas – con amabilidad como era costumbre en la universidad –   pero después cada uno iba a su casa, como después de ver una buena película. Y Benjamín, su amigo de juventud, le había esquivado claramente en la salida.  Y cuando le alcanzaba a pesar de todo, solo tenía un ligero encogimiento de hombros para él.

“Si se vive como el amable rabino Borowski, entonces lo que dice puede tener su motivación.  Pero yo no puedo vivir en una cárcel.  No puedo menospreciar al mundo o mirarlo desde una atalaya.  Y tú Jacques, si algún día te despiertas y miras con honestidad, tampoco.  Te has atrincherado, como en el ajedrez.  Te gusta este juego.  Para mí, la vida es demasiado seria, demasiado bella.  Solo puedo decirte que aún no sé, pero veremos lo que saldrá”.

Yankel se dirigió a su Rebbe.  En nuestros tiempos (está claro que esta historia se desarrolla en el mundo actual), ya no existen los hombres sabios, es decir Rebbes, como los había en los siglos XVIII y XIX.   Lo mismo que en el mundo actual ya no caben hombres grandes, así tampoco en el judaísmo.  También los jasidim se amoldan. Cada uno hace su propia propaganda, cada sector tiene su colección de datos, su secretariado, se cuenta el número de miembros, se funda grupos locales.  Por supuesto, esto mata a toda grandeza.  Los rabinos – con las excepciones habituales – son gurús a su manera, les gusta que la gente cuente historias y maravillas de ellos. También a un cirujano le gusta.   Y luego, la organización debe vivir, hay que visitar Israel, congresos, etc. Se entiende, como las demás organizaciones del mundo, así en el mundo judío.

Por ello, el Rebbe de Yankel es un hombre del mundo actual.  No es culpa suya.  Cada tiempo tiene sus sabios.  Y más que esos sabios se asemejan al mundo, más los auténticos sabios quedan ocultos.  Así también cada tiempo tiene sus políticos, sus profesores, sus managers, sus banqueros.

Así que el Rebbe de Yankel invitó a Benjamín a su casa, para que participara en una fiesta, en un grupo.  También podría visitar a su yeshivá.

Benjamín se acercó, en parte para hacerle un favor a Yankel, en parte por la irritación que le produjo la invitación.  Comenzaron una conversación, y a Benjamín le molestó que el Rebbe fuera contrario a la universidad, porque veía en ella un peligro para jóvenes judíos.  “No conoce la universidad y la niega, porque tiene miedo de ella, porque ve peligrar su reino”.  Y también el Rebbe se dio cuenta de que Benjamín no regresaría al mundo judío.

Yankel se sintió decepcionado al leer el informe de las dos partes.  No tanto por Benjamín y tampoco por el Rebbe; sabrán como ayudarse.  Su auténtica decepción era que no todo el mundo fuera capaz de ver la claridad del judaísmo, que era la única religión verdadera, que no se dieron cuenta de que los demás no habían hecho nada más que sacar y aprovecharse del judaísmo, dándose golpes de pecho.  El judaísmo era lógico, limpio, lleno de misterios, lleno de piedad.   ¿Qué les pasaba a los hombres?

Y entonces vino para Yankel el encuentro de su vida.